Nosotras Abortamos

La incertidumbre de lo clandestino: dos dolores

Liliana, 36 años.

Yo aborté. Dos veces.

Una: Tengo 20 años, me entero de que estoy embarazada en la casa de una amiga. Les cuento a mis viejos porque mi papá es médico y sé que puede conocer a algún médico que haga abortos. Efectivamente conoce.

Tengo en mente la experiencia reciente de una amiga que la ataron y maltrataron. Me aterra. Vamos a verlo, queda en  Provincia de Buenos Aires. Me atiende. Es cordial y muy simpático. Nada que ver con lo que me contó una amiga sobre mi amiga. Es obstetra y yo intuyo que el hecho de que mi viejo sea médico facilita los tratos, las explicaciones. Me cuenta que él hace el método del raspaje, me explica en qué consiste y me dice que se va de vacaciones al día siguiente, que me va a derivar con otro.

Le digo muy tímidamente y sin saber muy bien de qué se trata que me hablaron de unas pastillas. Me las receta y me cuenta de qué se trata. Me manda a hacer una ecografía transvaginal. El médico que la realiza le dice a mi papá: “felicitaciones abuelo” y me hace escuchar los latidos. Un 31 de diciembre, después de la cena familiar de Año Nuevo, aborto con Oxaprost, sola, en mi cuarto.

Días antes, cuando le conté al chico (más bien chabón, 9 años más grande que yo) que estaba embarazada, me dijo que me amaba y no me llamó nunca más.

Otra

Esta vez tengo 21 años.
Tengo relaciones sexuales con un amigo. Se rompe el preservativo, tomo la pastilla del día después y aún así quedo embarazada.
Me quiero morir, siento que estoy soñando. Que no puede ser, que esta vez “hice las cosas bien”, y que igual no importa, sucede igual. Por suerte, tengo mi experiencia pasada.
Vuelvo a abortar en mi cuarto, con pastillas y mi amigo. Leemos poemas, hablamos, nos abrazamos. Lloro bastante. Comemos empanadas. Esta vez, a diferencia de la vez anterior lo hablo mucho más, me duele un poquitito menos

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