Nosotras Abortamos

La bronca de la clandestinidad

Fernanda, periodista.

Aborté hace unos 12 años. Tenía 32, un noviazgo incipiente con un chico que vivía en Buenos Aires y yo en Rosario, con una pila de planes que no incluían ser madre. Tardé unos días en tomar la decisión porque estar embarazada me entristecía enormemente. Sentía que no estaba preparada, lo que sí sucedió siete años después, cuando decidimos con mi pareja de entonces tener a Gina, que hoy tiene 5.

Volví de Buenos Aires a Rosario un domingo con la decisión tomada y lo que sobrevino fue un gran alivio y una reafirmación en lo que siempre pensé: que yo era dueña de mi cuerpo y que todas las mujeres somos las que tenemos que tomar las decisiones que involucren a nuestro cuerpo.

Llamé al papá médico de mi mejor amiga y él me derivó con un obstetra que trabajaba en una de las clínicas más “prestigiosas” de Rosario. Tuve una primera consulta en forma clandestina en esa clínica, es decir sin turno y entrando por otra puerta para no quedar registrada. Al día siguiente fui a su consultorio, me dio una pastilla y creo que a los pocos días, no recuerdo ahora exactamente, me dio otra. Ya con la primera pastilla el embarazo quedaba interrumpido. No desprendí el feto naturalmente por lo que que tuvieron que practicarme un raspaje. Estuve un día internada, varios más muy dolorida, y me acompañaron mi papá, su mujer y mis dos mejores amigas. No recuerdo cuánto le pagué al médico que me dio las pastillas, era un número elevado, pero no tuve mayor inconveniente en hacerlo, mi posición me lo permitía. La intervención la cubrió mi prepaga.

Tuve mucho miedo a que algo saliese mal en el quirófano. Pero sobre todo tuve mucha bronca por tener que mentir y por sentir que hacía algo clandestino e ilegal. Que el sistema médico y el Estado con sus leyes me hiciesen sentir una delincuente en un momento tan vulnerable luego de hacerme cargo de tamaña decisión fue lo más traumático. Y también pensé en todas esas chicas que no nacieron con mis privilegios y mis recursos económicos y simbólicos. No me arrepentí nunca.

 

 

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