Nosotras Abortamos

La secuela de no poder decir

Isabel Rosa, música y docente.

Tenía 19 años y hacía cinco meses que había terminado la escuela secundaria cuando me enteré que estaba embarazada. Mi pareja de entonces tenía 23, estaba sin laburo, yo venía de una familia muy católica en la que el aborto era un crimen, pero yo no quería ser madre. Conseguí un médico, no recuerdo ni su nombre ni el lugar donde estaba ubicado su consultorio, algo muy paradójico, porque conozco de punta a punta el Conurbano donde nací, pero eso se me borró, como parte de un pacto de silencio que era parte de la clandestinidad. Llegue y había muchísimas mujeres en la sala de espera, cuando llegó mi turno entré sola. Temblaba de miedo y no quería anestesia total, pero el médico me dijo que no había opción y me durmió.

Desperté en una camilla, con un rollo de gasa en la vagina, al rato largo llegó una enfermera para llevarme con mi hermana y le dijo “si levanta fiebre llevala a algún medico de confianza, NUNCA a la guardia, y no
digas que estuvieron acá”.

Nunca fue un problema para mi contar mi experiencia, nunca lo oculté, siempre creí que era algo naturalizado en mi vida. Con el tiempo, entendí que la secuela más importante que me había dejado ese aborto había sido el silencio, no poder contar con mi madre, no saber ni donde estuve ni que me hicieron en ese lapso en el que estuve anestesiada.

Hoy, con 38 años, quiero que otras mujeres puedan decidir libremente, y que no tengan que ocultarse, y que puedan ser acompañadas no solo por otras sino por el Estado, quien tiene la responsabilidad de garantizar la libertad y la integridad de las mujeres. Que ninguna mujer más ponga en riesgo su vida por abortar. ¡Hoy grito bien fuerte, aborto legal y gratuito, para que ninguna persona con capacidad de gestar sufra la clandestinidad como la sufrí yo y todas las mujeres que abortan todos los días!

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