Cuarto Propio

En el Oeste

Escribir, tomar la palabra, configurarse un propio mundo de intimidad y libertad.
La invitada de hoy, Susana Cardozo*.

El hombre empuña un cuchillo al borde del tránsito rápido, iluminado por las luces de camiones y autos que cruzan como rayo la noche. El santiagueño grita como loco en pleno desvarío al compás de las bocinas que lo corren de la calle. Sacude su filo ante todo el que quiera interponerse. Los vecinos y vecinas, los chicos y los perros han salido a las veredas. Alguna vieja se cubre las tetas con su camisón de poliéster primavera-verano, mientras se le transparenta el enorme calzón floreado de oferta que sostiene como puede un culo caído e indefenso.

De pie miro la escena y el miedo galopa fuerte en este estómago de niña del oeste bonaerense. Comprendo que en este punto cardinal, el circo abre a cualquier hora. Las entradas se regalan sin aviso. El miedo duele en la panza y siento una soledad tan grande entre tanta gente que me quedo quieta, a un costado, mirando la exhibición. No puedo hablar. Como en las pesadillas. Ninguna palabra sale de mi boca descreída, ante semejante número vivo. Igualmente y sin saber porqué, me siento fuerte. Pruebo decir para adentro y ahí las palabras aparecen. Me hablo a mi misma y me digo que de grande voy a trabajar para que ninguna nena tenga este miedo. Debe haber algo para hacer… Alguien que frene esta sensación. Alguna justicia… Como en esas películas que pasan mientras todos duermen, y veo bajito para que nadie me pesque. Ahí ganan los buenos, y cuando ganan los buenos se vive mejor, sin miedo. Mientras pienso, sigo comiéndome la manga de mi piyama de florcitas amarillas, la representación callejera continúa y los actores vibran en su punto cúlmine.

El espectáculo de la muerte es algo habitual de este lado de la calle, y a esta hora de la madrugada. No es como del otro lado. Cruzando la calle es otra cosa. Del otro lado hay vecinos que barren sus veredas, tienen frutales, saludan al pasar y tienen sus casas terminadas. Casas como las de mis dibujos en canson blanca. Casas con una puerta de entrada, cuatro ventanas con cortinas, jardines, terrazas, varias piezas. Un baño o dos. Mejor tres. ¿Serán felices del otro lado o las nenas también tendrán miedo? El humo de la chimenea… el humo de la chimenea es algo que me inventé. Me encanta dibujarlo pero en mi barrio no existe. En realidad se lo escuché a mi papá: “Mi sueño es tener un hogar a leña” dijo. Si hasta lo descubrí haciendo dibujos como los míos en papeles marrones que guarda secretamente. Pienso que dibujar sueños debe venir de él. Lo otro no. Su enojo no. Esa cara de perro rabioso como la que tiene justo ahora, no. Eso no lo tengo. Ojalá no lo tenga nunca.

De este lado, el lado impar, es diferente. Las casas y sus familias cargan con cierta maldición. Ranchos de chapa a medio construir, esqueletos de ladrillos sin terminar. De este lado, la sensación permanente que la vida puede acabarse ahora mismo es contundente; una inseparable compañera de infancia. Eso me enseña, y aunque soy una niña sé cosas que otros chicos de mi edad ni imaginan. Son mis monstruos. Pero estos no se meten bajo mi cama. Andan sueltos, a mi lado, todo el día.

Esta noche, en el segundo cordón bonaerense, mi padre, -otro loco en su espesura-,intenta soltarse de una mano que lo retiene. Él comenzó la trifulca con el vecino cuchillero. Mi madre, en el medio, corre un riesgo del que no tiene noción, intentando salvar a su hombre de la cortada, cuidándole la vida que él mismo desprecia. La mujer del santiagueño corre la misma suerte. Es una constante; las mujeres de estos lugares sufren a sus maridos, pero intentan salvarlos aunque sean casos perdidos. Éstas mujeres parecen sostener el mundo entero. Están acompañadas pero solas. Trabajan incansablemente, cuidan a sus hijos, regalan sonrisas, cargan con sus hombres y se defienden de sus cachetadas. Me cuesta entenderlas, me enoja no verlas rebelarse. Qué no sepan quienes son. Escaparse con los críos. Denunciar a esos hombres que rara vez hacen algo bueno por ellas. Están solas y nadie las escucha. Como a mí. Cuando le pregunté a mi mamá porque nos quedábamos me dijo: “¿Y dónde vamos a ir? ¿Quién nos va ayudar? Él nos quiere. Ya va a cambiar”.

Yo sé que nunca va a cambiar. Por eso sueño, despierta. Le tomo la mano a mi mamá y nos escapamos. Corremos. Lejos. Hacia un lugar sin miedo. No volvemos más. Sin embargo mi mamá, la mujer del santiagueño y yo seguimos acá. Ahí estamos. No creo que sea amor. “El amor hace bien”, dice mi abuela. Quiero gritarles a esas mujeres que rompan las cadenas. Que nos juntemos. Qué salgamos por las calles. Qué gritemos fuerte. Es más, ahora estoy gritando fuerte. Les digo que no se dejen golpear. Ni a ellas ni a sus hijos. Les hablo de libertad. Les digo que pueden hacer con sus vidas lo que quieran y no lo que les imponen. Que no se sientan obligadas a nada. Qué seamos libres. Libres aunque cueste. Cuando ya dije bastante, me doy cuenta que sigo gritando, pero para adentro.

Vuelvo al susto de ver el circo en su momento más inquietante, más desgarrador con el hombre a cuchillo que de a ratos trastabilla con su cuerpo gordo y sudado, haciendo equilibrio entre motores que pasan a más de 100km por hora. El público grita enloquecido pero nadie se mete. La función debería terminar. El poco valor de la vida cuando el alcohol en sangre ya no sabe que emoción sacar a relucir en este escenario de pobres contra pobres, hombres contra mujeres, es desesperante y carnavalesco. El santiagueño sonríe con una mueca absurda y sostiene firme su estilete en su diestra agreste de albañil. Mi madre arrastra a mi padre a una isla salvadora que no existe. Al final de este acto descargará en ella su ira inconclusa de gladiador conurbano. Hay algo de comedia y tragedia en ese payaso triste y bebido buscando cierto equilibrio en su vida que no quiero ver. Hablo de mi padre.

Quisiera olvidar este duelo desprovisto de cordura. Espero recordar a estas dos mujeres que luchan por mantener una vida que les duele en este barrio obrero. ¿Dónde quedarán ellas?¿Y yo? Yo, de pie, en medio de un mundo imposible. Un mundo irreal. Un mundo equivocado para una niña ya no tan inocente. Hay algo fallado en esto. Como juguete roto. Como si mi personaje estuviera en la obra equivocada. Tengo 8, casi 9 años. Soy mujer. Voy hacer algo para cambiar este miedo. Hablar. Decir lo que siento. Contar lo que nos pasa. Unirnos a otras. Pedir ayuda. Tomar la calle. Todas pidiendo justicia. Basta de violencia. Alguien tiene que escuchar. Estoy hablando para afuera. Lo que pensé se hace voz. Suena linda. Mis amigas de la cuadra están conmigo. El miedo en la panza ya no está. Amanece.

En el oeste. Segundo cordón. Me dicen la Juana.

*Autora argentina, guionista de La Leona, Familia en venta, Mentes en shock, Tratame bien, Lalola, Media Falta, Locas de Amor, Hospital público.

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